24 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 3

De la tierra parecía emerger la esencia de Pasha Mama misma, envolviendo a la figura del Tatu. De a poco, las hendiduras en la madera fueron llenadas con lo que parecía ser el espíritu de todas las cosas vivas. En momentos, la colosal figura de un armadillo feroz había sido despertada.

Con un único aliento, el póra de Tatu recitó las primeras palabras de lo que más adelante sería conocido como "La Profecía de la Perdición": "Ni las rocas, ni la arena, ni el pasto verde que crece sobre mis espaldas va a escapar de la furia. La destrucción y el caos reinaran sobre estas tierras. La corrupción hundirá en las entrañas mismas del abismo las almas de aquellos que alguna vez llamaron iguales".

Habiendo dicho esto, las gemas de sus ojos se apagaron. Volvió a quedarse inmóvil, y regresó a la base del tótem por debajo de la tierra.

Segundos después, se escucharon los cantos de las Ka'ajarýi en el bosque. Con el viento suave de la noche llegaron las notas de sus voces. Sonidos que no parecían evocar nada bueno, pues parecían más bien un susurro, cosa que no era común en absoluto viniendo de las protectoras del bosque. Aún así, las notas esta vez fueron las que insuflaron vida en la figura de Mbói.

Como una rama que crecía de la madera seca, su bífida lengua emergió de la figura, y fue la que trajo las siguientes palabras de la Profecía: "La traición no será algo extraño entre los hombres de estas tierras. De la oscuridad llegarán los demonios y con ellos los hombres que los trajeron, pero nadie notará diferencia alguna entre estos y sus esbirros del inframundo, pues se habrán convertido en uno solo. Las almas de los mortales y las alimañas del averno serán solo una".

Con las primeras gotas de miedo empezando a sudar de las frentes de los Avare, Mbói volvió a enroscarse en su lugar. Metió su lengua de vuelta en la boca, boca que los Avare seguramente no querrán que se vuelva a abrir.

Enseguida, de las llamas de la hoguera empezaron a saltar chispas y más chispas. Pequeñas estrellas que formaron de a poco lo que parecía ser el pelaje de un zorro. El póra del Aguara despertó rojo como las ascuas de Pytajovái. Ni siquiera la furia del monte Lambare podía compararse con las llamaradas que envolvían al gran Aguara.

Como un rayo Aguara empezó a correr alrededor de los Avare, creando una jaula feroz. Un círculo de llamas rodeaba por completo el sitio del ritual. En un salto relampagueante, Aguara saltó a la foguera, y empezó a traer más malas noticias: "La Naturaleza no habrá de quedarse sin ser afectada. Como el fuego de la ira en los corazones de su gente, el fuego que se encuentra en lo profundo de la tierra surgirá al mundo a causar el gran cataclismo. El Gran Señor de los Pasos Ardientes será quien encabezará la marcha".

Al callar Aguará, instantáneamente un gran rayo cayó en el patio ceremonial y con su característica agilidad, se retiró apresuradamente corriendo por el camino de luz que dejó el relámpago. Una intensa lluvia siguió a este suceso, que apagó por completo la fogata.

Los Avare presintieron que esto fue una mala señal. Enseguida la desesperación se pudo hacer notar en sus ojos, aunque estos permanecieron en silencio. El ritual no debía ser interrumpito.

Cada gota de la lluvia machaba el piso, y la escoria de la hoguera parecía conmutar con el agua que caía del cielo. Una extraña mezcla de cenizas y líquido cubrió la estatua de Jaguarete. El gran jaguar había llegado.

Como los otros póras, también trajo sus propias palabras: "El Gran Señor de los Pasos Ardientes traerá a este mundo miseria. Miseria que será producto de la unión de los hombres y los demonios. Miseria que será el resultado de una profanación. Miseria que acabará con los que habitan este mundo. Siete días solamente serán necesarios para que todo lo que conozcan cambie de forma, para que los elementos entren en guerra con los hombres y los demonios. El Todo ordenará al Cazador de los Ríos, el Alto Amo de la Lluvia que limpie este mundo de corrupción. Que apague los fuegos de la guerra y que vuelva a dejar todo como se encontraba antes."

Aún más asustados quedaron los Avare luego de esta parte de la profecía. Pero no hubo tiempo para pensar en nada, pues al terminar Jaguarete sus palabras, un gran torbellino aterrizó sobre ellos, disipando todos los restos de cenizas que cubrían a la figura del jaguar. Hielo de las nubes cubrió al gran Taguato, y con una chispa de un rayo sus ojos empezaron a brillar. Estaba listo para hablar. Esta sería la última parte de la terrible predicción que los Dioses mandaban al pueblo:

"El temor en sus ojos se hace notar, sacerdotes, pero no debéis de tener miedo alguno, pues no todo esta perdido. Los espíritus solamente hemos venido a decirles que sucederá si no hacéis nada para evitarlo. Está en manos de vosotros cambiar esto. En vuestra aldea iniciará todo. Cuatro almas serán las que traigan paz al mundo. El orden de los elementos será traído por quien pueda blandir la fuerza del cosmos. La Ira de Fuego. El Paso del Viento. La Fuerza de la Tierra. El Poder del Agua. Todos serán necesarios para que esta tragedia no se cumpla. Al final la Madre del Éter será quien selle a las siete pestes con la ayuda de los elementos. Recordad, Sacerdotes Avare de Guajaivi".

Y como había llegado, también se retira. El viento se encarga de hacer ascender el espíritu del águila al firmamento una vez más.

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23 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 2

Al rededor de la fogata, los ancianos de la aldea convocaban a los póras guardianes. Las gemas que tenían por ojos los animales del tótem parecían arder con el mismo fervor del espíritu de sus pares vivos. Las llamas ascendían hasta chamuscar las hojas de tajy y hacer caer algunas flores, que dejaban una esencia única en el ambiente. Parecía ayudar a borrar la línea que separa este mundo con el otro.

A un costado de la ceremonia, en una pequeña choza, la jóven Pykasu permanecía escondida detrás de una tela que tenía como puerta. Miraba la manera en que los Avares realizaban su extraño ritual. Parecía estar asombrada de todas las palabras que hilaban para formar sus conjuros. Ni siquiera cuando visitaba la playa del Ypoa en la época de festivales había escuchado cánticos tan extraños de boca de los Chamanes de las islas.

La curiosidad era un aspecto innato de la personalidad de Pykasu, y para su conveniencia siempre era sigilosa. No había un asunto en la aldea del que ella no se enterase. Por fortuna esto simplemente era mera curiosidad, pues toda la información que adquiría de su improvisado espionaje era sólo para ella. No acostumbraba a comentar nada de lo que sabía.

No pasó mucho tiempo antes que una figura un poco más alta que ella apareciera cerca. Su hermano, Itaete, hizo presencia. Siempre cuidaba que Pykasu no se meta en apuros. Conocía la naturaleza suspicaz de su hermana, y tomaba las medidas necesarias para que esto no le resulte problemático.

El fuego del ritual reflejaba las sombras de los dos en las paredes de takuara de su precaria choza, subiendo hasta llegar a la paja deshilachada que tenían por techo. La figura de Itaete reflejaba el hombre fornido que era. Como un guerrero de la aldea, tenía bastante desarrollada la musculatura, al menos lo suficiente para poder valerse por la selva y enfrentar a los animales y guerreros enemigos que se encontraban allí. La sombra de sus cabellos largos y lacios danzaba cual llamas ceremoniales.

Como una extensión de la suya, la figura de Pykasu dibujaba una porción de tinieblas entre las luces del lugar. Era notable la diferencia entre ella y su hermano en cuanto a la estatura, pero lo compensaba con una belleza extraordinaria. Si bien no era notable en el trazo que dejaba en la oscuridad, durante el día atraía más de una mirada.

Luego de poco tiempo, ya no parecía haber sombra alguna en la pequeña aldea. Las llamas ascendieron alto hasta cubrir todo el tótem. Los póras estaban listos para acudir al llamado.

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Trataré de actualizar diaramente, espero y lo disfruten ;)

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22 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 1

En esta ocasión me gustaría presentar este pequeño proyecto de mi autoría. Es un conjunto de publicaciones en el blog que van a ir saliendo paulatinamente como capítulos de una historia. Ya habrán leído un pequeño trasfondo anteriormente acerca de esto, así que les invito a que sigan con la lectura de la historia.


Al suroeste de las tierras de Arigua, bajo la sombra de los árboles más altos se encuentra la Aldea de Guajaivi.

Desde que Kuarahy salía en las primeras horas del día a iniciar su cacería, los habitantes de Guajaivi trabajaban sin cesar. La mayoría de los aldeanos eran agricultores. Labraban la tierra con sus precarias herramientas para hacer crecer de ella el alimento para sus familas. Los avaré nunca dejaban pasar de largo los largos rituales para que Pasha Mama siempre les de su bendición. Como diosa de la tierra estaba a su cargo la manera en que las plantas crecían, así como también hacer que el suelo sea fértil y rico. Los pocos trabajadores que no se dedicaban a sembrar el suelo, salían al bosque a buscar frutos. Conocían bien los dominios de la selva, y los lugares donde crecían las frutas favoritas de su gente.

Además de los agricultores, también Guajaivi era conocida por sus valientes guerreros. Si bien la aldea mantenía un carácter pacífico, era la fuente de los más bravos combatientes para los ejércitos de Arigua. A diario los guerreros de Guayaibi entrenaban en un pequeño campo a las afueras del pueblo. Allí tenían diversos tipos de equipamiento que utilizaban para afinar sus habilidades de combate. Desde troncos puestos a modos de maniquíes, hasta trozos de carne atados por los ysypos atados por los árboles. Cualquier guerrero guaraní estaría contento de poder entrenar en ese lugar junto con los bravos de Guajaivi.

Al caer la noche, la única luz de una hoguera en el medio del patio ceremonial de la aldea iluminaba los techos de las chozas de paja, que como campos de avati brillaban ante las sombras del pyhare. Los avare ya se encontraban en ronda frente al gran tótem de los aspectos. Los animales guardianes de la aldea parecían cobrar vida en medio del ritual que ejecutaban los avaré. El la base estaba el fuerte Tatu, el armadillo, símbolo de la resistencia y la robustez. Enroscada sobre este se encontraba Mbói, la serpiente, representante de lo que no podemos ver, brindadora del sigilo. Justo en el medio se hallaba Aguara, el zorro, quien, creían ellos, podía cambiar de forma, y nunca ser percibido entre las personas. Aguara era especial, pues ellos lo consideraban como un vigilante eterno que envió Tupã. Le seguía en orden el fuerte Jaguarete, el jaguar dueño de la fuerza de los guerreros. En combate, éstos invocaban la fuerza de Jaguarete para que les de valor a la hora de enfrentar a sus enemigos. Sobre todos estos se encontraba siempre vigilante Taguato, el águila arpía. Taguato era la encarnación de la voluntad de Tupã, quien se encargaba de hacer cumplir sus deseos desde el yvága.

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Me gustaría tener una pequeña opinión acerca de esto antes de seguir. Quizás con eso ayuden a mejorar la calidad de la redacción y puedan disfrutar de una mejor historia. Gracias :)

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9 de agosto de 2010

El Alma




Piensen en un disco duro.

Uno puede tener toda la información que quiera (en este caso limitada por el espacio físico del medio mencionado), y la puede copiar a otros soportes de almacenamiento.
¿Qué sucede si ese medio deja de funcionar?

Toda la información contenida en el disco queda inutilizable. Deja de existir en esa forma. No se levanta como un orbe de energía a ir al "cielo de los bits".

Pero... ¿Acaso no podemos hacer una copia de seguridad de los datos para ponerlos de vuelta en otro disco duro?

¡Claro que sí!

Esa es la parte importante. Realmente el disco duro que teníamos no importa contal de que guardemos la información como una copia.

Así mismo sucede con el alma de las personas. Una vez que cesan nuestras funciones vitales, la sinapsis en nuestras neuronas deja de suceder, y toda la información contenida en nuestro cerebro básicamente "se borra".

Pero, ¿qué es el alma en realidad? Simplemente es toda la información que teníamos dentro.
Hacemos exactamente lo mismo que haríamos con nuestros juegos, música, videos y documentos en general. Copiamos a otro "disco".

En este caso, transmitimos la información conocida por nosotros a otros seres humanos. El transmitir nuestras ideas hace que la humanidad crezca.

Mucha gente quizás se pregunte, si esto fuera verdad, ¿cuál sería el objetivo de vivir, sin un alma?

La respuesta es sencilla. Perpetuar nuestro conocimiento y vivencias por medio de la comuniación. Todo se gasta. Todo se muere. Lo importante es haber guardado lo producido.

Seamos almas inmortales habitando las mentes de nuestro prójimo. Compartamos nuestro conocimiento.

Una persona no está hecha por su forma física, sino por lo que piensa y cree.

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2 de agosto de 2010

Cataclísmico: Gilneas y los Worgen - Parte 1

En World of Warcraft: Cataclysm la raza Worgen finalmente será jugable, y como ya se ha sabido por algún tiempo, su zona de inicio será la nación humana de Gilneas, ubicada en una península al sur del Bosque de Silverpine.


La Nación de Gilneas



Gilneas participó en la Segunda Guerra contra la Horda como miembro de la Gran Alianza de Lordaeron.

Gobernados por Genn Greymane, los ciudadanos de Gilneas rompieron lazos con la Alianza en un momento dado durante la Segunda Guerra, con el argumento de que "La Alianza necesita más de Gilneas de lo que Gilneas necesita a la Alianza", aislando así su nación del mundo exterior mediante el Muro de Greymane.

Cuando el Azote ataco las tierras de Lordaeron y su máquina bélica avanzó hacia el sur, los ciudadanos de Gilneas pidieron ayuda a un Archimago del Kirin Tor, nacido en Gilneas, para que los ayude a defenderse de los muertos vivientes. Este mago era Arugal.

Arugal y el Libro de Ur




Arugal había estado leyendo un libro que había sido escrito por Ur, un mago de Dalaran. Este libro trataba acerca de unos seres de aspecto lupino, llamados Worgen.

En el momento que Archimonde y el Azote atacaron Dalaran durante la Tercera Guerra, Arugal tuvo que escapar de la ciudad mágica para salvar su vida. Huyó hacia el Bosque de Silverpine, resguardándose en el castillo de la familia Silverlaine, sobre la aldea de Pyrewood, donde seguiría con sus estudios patrocinados por el Barón Silverlaine.

Frustrado por no lograr nuevos descubrimientos en las artes arcanas, Arugal se volcó a su investigación acerca de los Worgen, y siguiendo las enseñanzas de Ur, logró convocarlos a Azeroth. Los Worgen asesinaron a la familia Silvermane, así como también lograron defender las fronteras de Silverpine del Azote, asegurando de esta manera la seguridad de la nación de Gilneas.

Luego de que Arugal haya tomado control sobre los Worgen, se adueño del castillo de los Silverlaine y lo llamó Castillo Shadowfang, en honor a sus nuevos "hijos".

Lo cierto es que esto no duraría mucho, hasta que intrépidos héroes desconocidos decidieran poner fin a su reinado, liberando al Castillo Shadowfang y a la tierra de Silverpine de la amenaza de Arugal.

La Guadaña de Elune




Arugal no fue el primero en invocar a los Worgen. La Guadaña de Elune es un artefacto entregado a la Sentinela Velinde Starsong por la mismísima Elune, para defender las tierras de Felwood de los invasores demoníacos. Usando los poderes de la Guadaña, Velinde también pudo controlar a los Worgen en principio, pero luego se dió cuenta de que a pesar de que ella no usara los poderes de la Guadaña para invocar las Worgen, ellos continuaban apareciendo.

Velinde entonces emprendió una búsqueda para encontrar información acerca de las bestias. Como había escuchado de la investigación de Arugal, fue a los Reinos del Este a buscar su ayuda.

Primeramente se dirigió al puerto de Ratchet para pasar a la Bahía del Botín y seguir al norte hasta llegar a Silverpine, pero en su camino por las tierras de Duskwood, la Guadaña desapareció misteriosamente, junto con su portadora.

El paradero de Velinde es desconocido hasta los días actuales, pero el destino de la Guadaña siguió un largo camino incluso después de eso.

Un habitante de Raven Hill en Duskwood, llamado Jitters, encontró la Guadaña en la mina al sur de Grand Hamlet (posteriormente Darkshire), y una vez más los Worgen aparecieron en Azeroth gracias a la imprudente acción de este inconsciente hombre.

Las bestias asesinaron a todos los compañeros de Jitters, y se extendieron por Duskwood, llegando a la granja Yorgen, donde mataron a toda la familia que la habitaba. Solamente pudo escapar Sven Yorgen.

Desde el Paso Deadwind, los Jinetes Oscuros vinieron en búsqueda de la Guadaña, causando terror en Duskwood.

Lo cierto es que no lograron encontrarla, y años después, durante la Guerra de los Baldíos Helados, el artefacto apareció en posesión de los traperos de las Colinas Pardas en Northrend. Nadie sabe muy bien como sucedió esto, pero con la resurrección del Archimago Arugal por parte de los Príncipes San'layn del Azote, nació un nuevo culto entre los traperos.

El Culto al Lobo volvió a traer la amenaza de los Worgen al mundo, esta vez en Northrend, pero de nuevo no sería por mucho tiempo, pues más aventureros pondrían un fin definitivo al espectro de Arugal.

Uno de los traperos de la zona, Ivan, fue el último en poseer la Guadaña hasta el final de la Guerra de los Baldíos Helados.

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Con esto concluye la primera parte del trasfondo de los Worgen. La próxima vez: Lo que pasó en Gilneas, El futuro de la Guadaña y los Druidas de la Jauría.

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30 de julio de 2010

Cataclísmico: Los Tol'vir

Bueno, voy a empezar esta sección acerca de las distintas cosas que nos trae la expansión nueva de World of Warcraft: Cataclysm.

En esta ocasión voy a hablar un poco acerca del trasfondo de una de las nuevas razas que aparecen: Los Tol'vir.

Los Tol'vir son una raza de "gente-gato" que vigila las ciudades de Uldum. Son construcciones titánicas, así como los Earthen y los Gigantes.

Muchos ni siquiera habrán escuchado hablar acerca de estas criaturas. La verdad es que nunca habían aparecido en WoW hasta ahora. No al menos con ese nombre, pues de hecho ya hemos visto señales de ellos desde Warcraft III.





En la tercera entrega de la saga habían aparecido como unidades del Azote, traídos desde lo profundo de Azjol-Nerub junto con los ejercitos nerubianos.



Destructor de Obsidiana

Su siguiente aparición fue en las Ruinas de Ahn'Qiraj, en la primera entrega de World of Warcraft. Siendo estos esbirros de la raza Qiraji, ¿cómo es posible que hayan aparecido en ambos lugares: Azjol-Nerub y Ahn'Qiraj?

La respuesta está en que tanto Azjol-Nerub y Ahn'Qiraj están relacionados con dos instalaciones titánicas: Ulduar y Uldum, respectivamente.

Cuando una parte de los Aqir llegaron del sur a las tierras heladas de Northrend, luego de la guerra entre las tribus Troll y su raza, empezaron a atacar asentamientos Tol'vir que estaban en las tierras aledañas a Ulduar, tomando así posesión de su arquitectura, y esclavizando a la gente del lugar.

Con el tiempo la corrupción de Yogg-Saron habría de corromper las formas físicas de ambas razas, creando a los Nerubianos a partir de los Aqir, y a los Destructores de Obsidiana a partir de los Tol'vir.

En Wrath of the Lich King no hemos podido ver suficiente de Azjol-Nerub como inicialmente se proponía, pero quizás algún día podamos ver que hay más allá de los dos dungeons que tenemos hoy por hoy, y con suerte encontraremos algún indicio de lo que fueron los Tol'virs de Ulduar.

El resto es historia conocida. Cuando el Azote llegó a Northrend y tomó a los Nerubianos, también lo hizo con los Destructores. Y es por eso que los vimos en Warcraft III.

Ahora, ¿qué pasa con los Tol'vir en Uldum? De eso todavía no sabemos mucho. Lo que puedo decir es que hay al menos dos facciones involucradas: Los Ramkahen, que son una facción de reputación que interactúa con los jugadores (Posiblemente sean los que vendan las monturas de camellos, ¡viva!) y los de la "Ciudad Perdida de los Tol'vir", que es un nuevo dungeon para 5 jugadores. Estos son llamados Neferset (interesante nombre, significa "Belleza de la Muerte" en egipcio antiguo), los cuales son hostiles a los jugadores.

Los Tol'vir de Uldum se relacionan con los Destructores de Obsidiana que se encuentran en Ahn'Qiraj, pues esta ciudad era un laboratorio de investigación de los titanes, posteriormente tomado por los Aqir quienes fueron corrompidos por C'thun y conocidos hoy día como Qiraji.

Sabemos que los Ramkahen nos evían en contra de las fuerzas de Al'Akir, el señor del viento, quien parece querer esclavizar a los pobres hombres-gato.



También recientemente hemos visto una nueva versión de los Tol'vir, al parecer infectados con la "Maldición de la Carne" (hechizo de los Dioses Antiguos que vuelve a los construcciones titánicas en seres de carne y hueso).

Queda aún por ver si en Uldum existe un Dios Antiguo por descubrir, o si todo esto es un remanente de la influencia de C'thun.

Y ustedes ¿qué opinan, lectores?

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2 de abril de 2010

From the ashes, reborn!

Y si, acá con la amiga Mariana estábamos discutiendo acerca de Blogs y decidí que era hora de reavivar este :P
3 publicaciones, nada interesante... Es hora de ponernos al día!

Historia de Transfondo
Ya vendrán explicaciones acerca de esto, por ahora leer...

En el inicio de los tiempos solamente existía la tiniebla primordial. Desde las profundidades emergió un ser supremo, absoluto; superior al bien y el mal, a la luz y la oscuridad. De las tinieblas emergió Tupã.

Su colosal presencia desgarraba las tinieblas a medida que emergía, con él se estableció el balance. Había tanta luz como oscuridad.

Tupã observó el balance dual de su creación y pensó que debía otorgarse esto a sí mismo, y por ello de su propia alma creó a Arasy, quien sería su eterna compañera. Arasy, cuyo nombre mismo significa “Madre Celestial”, fue encomendada con la vigilancia del firmamento.

Ambos embriagados de amor, decidieron que el universo era un lugar demasiado grande como para ser habitado solamente por ellos dos, así que decidieron tener hijos.

Una brillante esfera azul se asomó por las cercanías y decidieron que sería la morada perfecta. Bajaron del firmamento y descendieron sobre la colina de Arigua.

Crearon todo lo que se conoce. Ríos, montañas, lagos, bosques… Animales voladores, terrestres, acuáticos. En todo esto reflejaron la belleza deseada por sus almas, pero Tupã seguía insatisfecho.

A orillas de un lago su rostro brillante se encuentra mirando a su propia imagen. En ese momento se percata del motivo de su insatisfacción. Necesitaba recrearse a sí mismo.

Tomó un poco de arcilla de la orilla del lago, la mezcló con sus aguas y varios materiales. Zumo de Ka’aruvicha, para brindarle sabiduría; sangre de Yvyja’u, la que correría por sus venas; hojas de Mimosa, que proveían el sentido del tacto y carne de Ambu’a, que le daría flexibilidad.

De esa mezcla surgieron dos figuras, una con el aspecto de Tupã y otra con el de Arasy. Las dejó secarse ante la luz de Kuarahy, el sol. El tiempo se detuvo; solo Tupã y Arasy podían moverse en el limbo de la creación. Un solo soplo de cada uno de estos seres insufló vida a las dos figuras.

Hombre y mujer habían sido creados.

El hombre primordial: Rupave, padre de la raza Americana, y la mujer primordial: Sypave, madre de la raza americana. Rupave fue encomendado con el liderazgo de la humanidad y con la misión de crear un pueblo fuerte y noble. Le fue entregado en fruto de Mbokaja, el cocotero. Sypave fue encomendada con el cuidado de los pequeños descendientes de la pareja y con la tarea de proteger la tierra en la que habitaban. Se le otorgó el fruto de Arasa, la guayaba.

Pero Rupave y Sypave no fueron la última creación de los dioses en la tierra. Otorgaron una libertad excepcional a estos dos; podrían hacer prácticamente lo que quisieran. Para que no se les olvide esto, Tupã creó a Angatupyry, el espíritu del bien y a Tau, el espíritu del mal.

La última acción de Tupã en este proceso de génesis fue recitar una profecía.

“Del mar llegarán, los vientos los traerán. No son dioses de nadie, no se dejen engañar. Respeto deben exigirles y a ellos respetar. Serán los que traerán un cambio a estas tierras. Son los Karaive”

Dicho esto se retiraron del mundo. La naturaleza estalló en colores y emoción. El universo volvió a girar en su eterna órbita.

Cumpliendo con la encomienda de Tupã, Rupave y Sypave tuvieron hijos.

Entre los varones el primero en nacer fue Tume Arandu, el gran sabio.

El segundo fue Marangatu, el bondadoso.

El tercero fue Japeusa, el que hacía las cosas al revés.

Tuvieron también muchas hijas, unas pocas fueron destacadas:

Guarasyáva, la nadadora; Tupinamba, la poderosa; Yrãséma, la música; y Porãsy, la bella.

Pasaron los años… Los hermanos se establecieron en los valles de la colina de Arigua y establecieron su pueblo en paz.

Luego de asentarse en Arigua el pueblo de Rupave y Sypave prosperó. Se establecieron varias távas o aldeas, y cada una era liderada por un Mburuvicha o cacique. La gente trabajaba y obtenía de la tierra lo que necesitaba para su subsistencia, respeta a los animales y las plantas como iguales; pero por otro lado, había quienes ansiaban un mayor poder…

Con el paso del tiempo los hijos de la pareja primordial fueron creciendo. Tume Arandu se convirtió en el más sabio de todos. Conversaba con el pueblo, y el pueblo oía sus enseñanzas. Marangatu por su parte tuvo una hija, a quien crió con su característica bondad y buena voluntad. Su nombre era Kerana, la durmiente. Todos los días se pasaba en sueños, despertando meramente para que los demás puedan admirar su belleza.

Guarasyáva nadaba en los ríos a gran velocidad, esquivando todos los obstáculos que se le presentaban en el camino. Tupinamba corría en los montes y luchaba contra animales feroces con su fuerza sin par para llevar comida a su gente. Yrãséma cantaba canciones melodiosas y tocaba música sin igual con su guitarra de porongo.

Y por último, Japeusa, seguía con sus acciones inversas. Siempre hacía todo mal. Todo mal incluso en un fatídico día, cuando su hermana Yrãséma cayó en cama enferma, enferma por tanto cantar algunos dicen. Su madre, Sypave, lo mandó a buscar plantas medicinales para aliviar el sufrimiento de la joven, pero Japeusa en su más clásico comportamiento trajo plantas venenosas, con las cuales selló para siempre el destino de su hermana.

Las notas que salían de su garganta nunca más volverían a sonar.

Avergonzado por sus acciones Japeusa huye de la aldea.

Tume Arandu en su infinita sabiduría pronuncia la voluntad de Tupã a la tribu, y ordena que se entierre a la joven en un tyvy, su tumba. Tupã encomienda al pueblo dar su propio tyvy a cada habitante de la tribu. De todas formas, esto era algo nuevo para todos. Era la primera vez que alguien de la aldea fallecía.

Con las palabras que le eran características, Tume ordenó que nadie persiga a Japeusa por lo cometido, ya tendrá suficiente con su propia conciencia.

Yrãséma tenía un gua’a, papagayo, que le había regalado su novio Jahari. El mismo animal fue quien avisó al muchacho de la muerte de su amada. Corriendo se dirige a la aldea.

Mientras esto sucedía la tribu encontró unos huesos en la playa, los huesos de Japeusa… Los dioses habían impuesto un castigo sobre él por sus acciones. De pronto algo empieza a moverse entre esos huesos. Un animal pequeño y redondeado empieza a caminar de costado, de manera diferente a todos los otros animales. A través de ese gesto característico supieron que Japeusa no había muerto, simplemente había adquirido una nueva forma. Un cangrejo.

Al llegar Jahari a la aldea, se encuentra desconsolado ante la tumba de su amada. Canta una canción a la joven y su cuerpo acompaña el destino de Yrãséma.

A pesar de la muerte de Yrãséma, la vida en la aldea continúa. Había quienes seguían las instrucciones de los dioses como se les había pedido, pero también estaban aquellos que deseaban algo más.

La gente de Tavapy, la primera aldea, de donde era nativo Jahari, quedó muy consternada por este acontecimiento reciente. La muerte era algo nuevo, para muchos interesante.

Entre los de Tavapy se creó el Cónclave. Una sociedad secreta dedicada a investigar a la muerte y a las fuerzas que rigen a la existencia humana. Tomaron el manto de la obscuridad y se hicieron llamar “Paye”.

Los paye descubrieron que la muerte estaba asociada con el mal en muchas ocasiones. La gente podía matar simplemente por venganza y odio, como lo hicieron los allegados de Jahari.

Guaykuru era el nombre que se daban estos. Al morir Jahari quedaron con un gran resentimiento hacia la familia de Japeusa e Yrãséma, y todo su pueblo. Así entonces formaron una alianza con los Paye y enviaban a asesinos a las aldeas.

Los Asesinos proveían de más muertos y los Payes otorgaban conjuros con los que ellos se hacían fuertes. Fueron juntando cadáveres para un propósito obscuro.

Invocaron a Tau, el espíritu del mal, para buscar venganza y castigar a todos los que fueron responsables por la muerte de Jahari.

Tau llegó al mundo en un vórtice lleno de almas caídas, apareció con la forma de un monstruo del averno. Se presentó ante los paye y allí les comentó que había estado observando todo desde el plano que habitaba y ya tenía una idea de cómo proceder.

Kerana, la hija de Marangatu era de su interés…

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