5 de noviembre de 2010

Palabras de H. P. Lovecraft

"La cosa más piadosa en el mundo, creo yo, es la inhabilidad de la mente humana para correlacionar todos sus contenidos. Vivimos en una plácida isla de ignorancia en medio de negros mares de infinito, y no estaba supuesto que viajemos lejos. Las ciencias, cada una expandiéndose en su propia dirección, nos han lastimado en el pasado; pero algun día el armado de conocimiento desasociado nos abrerá tan aterradoras vistas de la realidad, y nuestra posición aterrorizante dentro de eso, que o nos volveremos locos por la revelación o escaparemos de la luz en la paz y seguridad de una nueva edad oscura."

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18 de octubre de 2010

La Invasión de Guayaibi - Parte 5

La noche pasó tranquila y sin disturbios. Los recuerdos de la profecía de los póras se iban mezclando con los sueños en las mentes durmientes de los hermanos. Las hamacas donde reposaban se mecían con la brisa que penetraba los finos muros de paja. Tanto Itaete como Pykasu se encontraban en un mundo diferente.

El mundo de los sueños es misterioso. Así como las profecías se manifestaron esa noche de forma corpórea, los Avares tenían visiones en sus sueños todo el tiempo. El pueblo de Arigua creía que cuando uno duerme, su alma viaja a una especie de "dimensión diferente", dónde estaban en contacto con las fuerzas primordiales del universo. Recientemente también habían descubierto que esa era la morada de los póras de sus ancestros.

El mundo de los sueños estaba compuesto por ambas esencias, tanto la luz y la oscuridad estaban presentes, igual que en él yvy, o mundo físico. Dos grandes territorios dividían el mundo de los sueños: "Ñasaindy Retã", o el Reino de la Luz y "Ã Retã", o el Reino de las Sombras. Sombras que normalmente no se manifestaban, pues siempre eran abatidas por las flechas vigilantes de Kerana. La diosa del sueño era quien desterraba a las pesadillas que intentaban invadir Ñasaindy Retã para cobrar las almas de aquellos que descansaban pacíficamente.

Itaete y Pykasu siempre fueron resguardados por los haces luminosos que lanzaba el arco de Kerana. Sus sueños se mantuvieron tranquilos una vez más esta noche.

El sol se alzaba tras las copas de los árboles más altos del bosque, y empezaba a iluminar los rostros de aquellos que se ponían en marcha varias horas antes de que Kuarahy empiece su marcha por el yvága. La gente que trabajaba en los campos de cultivo y los que cuidaban los animales de corral estaban desde muy temprano con sus quehaceres.

Recién a la hora donde la luz empezaba a opacar las tinieblas pueden empezar a trabajar los recolectores de frutos. Adentrarse en el bosque a las horas del pyhare era algo que no muchos intentaban. Todo tipo de peligros aparecían por las noches entre el interminable laberinto de árboles. Depredadores y animales ponzoñosos eran preocupación de toda la vida, pero últimamente los espíritus elementales empezaron a manifestarse. Las Ka'a Jarýi confundían a los montaraces con melodías para perderlos en la selva. Las figuras femeninas correspondían al grupo de los elementales de la tierra. Pasha Mama también protegía todo espacio verde, y con ella sus Ka'a Jarýi.

A pesar de todos estos peligros, los recolectores de frutos se adentraban diariamente a juntar provisiones para la gente de la aldea. En ese día, una vez mas salieron a hacer su trabajo. Eran cinco personas en este grupo. Dos viejos experimentados, con barbas blancas y la cabeza calva ya; y tres más jóvenes con energía y vigor, listos para correr de cualquier peligro cuando necesitasen. Los ancianos eran conscientes de que si esto llegase a ocurrir, su vida se encontraría con un brusco final, y que Te'o Jára los llevarían por el Yvága Rape, como era el destino de todos.

Los viejos salieron primero como de costumbre, para poder guiar a los menores, pues ellos ya sabían el camino, por su experiencia de los años. Fueron caminando por los sinuosos senderos que habían trazado por sus pasos reiterados en esos lugares, juntando los frutos que podían y deshaciéndose de las alimañas que suponían un peligro para su misión. Nada extraño había aparecido hasta el momento. Hasta el momento.

Uno de los jóvenes se había dado vuelta, creyendo que vio alguna especie de baya de color carmín. Se dirigió al arbusto donde pensó haber visto la fruta, solamente para encontrarse con un par de pequeños ojos rojos que lo observaban fijamente. Parecían contener fuego en su interior, pues emitían un brillo característico de las llamas de las fogatas. Al dar un paso adelante, una pequeña criatura se reveló. Tenía una apariencia muy extraña para los ojos del muchacho que lo miraba en ese momento. Orejas largas, como las de los guanacos del Gran Chaco, cuatro patas, como si se tratase de un animal, pero el torso para arriba se veía más bien humanoide, y al final de su cuerpo, una cola que terminaba en forma de flecha. Rara apariencia sin duda alguna.

El muchacho levantó su mano, acercándola al pequeño engendro, para acariciar su cabeza. Al instante, los ojos de la criatura empezaron a despedir el fuego que tenía dentro, llegando hasta la mano del joven e incinerándola como si de un madero se tratase. Enseguida, el fuego se expandió por todo su cuerpo y consumió su carne de una manera devastadora. En poco tiempo, también los huesos quedaron reducidos a cenizas. Por alguna razón, el muchacho no pudo dar un solo grito de agonía. Probablemente el pequeño demonio lo había silenciado.

El resto del grupo de recolección enseguida volvió atrás a ver que había sucedido con su quinto integrante, solo para encontrarse con un montón de cenizas, y a la criatura que transformó en eso a su amigo. En el momento que los cuatro recolectores que quedaban dieron un paso al frente en el lugar del incidente, un gran número de seres similares aparecieron detrás del que ya estaba allí, y junto con ellos unas personas de aspecto extraño. Sin tener tiempo de fijarse en lo que estaba en frente de ellos, los cuatro desafortunados trabajadores fueron incinerados por las llamas de los diablillos.

El viento se llevo los restos de los recolectores, mientras los macabros seres y los humanos extraños dieron vuelta en dirección de la aldea de Guayaibi.

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13 de septiembre de 2010

Within Temptation: No es Evanescence, tampoco Nightwish

Una de mis bandas favoritas. Luego de haber escuchando por unos pocos años prácticamente solo Evanescence (inb4 fail gothfag) me llamó la atención este grupo, luego de haber escuchados algunos temas de mi amiga Marian.

Ciertamente me atrapa su estilo "semi-operesco" (Si, acabo de inventar esa palabra. Kudos por mi, yay!), y los tonos de voz que puede alcanzar Sharon Den Adel, la bella vocalista del grupo.

Les invito a escuchar estos dos temas que están entre mis preferidos (Lo siento, no son videos musicales. Son temas perdidos de los álbumes, pero ciertamente bastante interesantes):



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30 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 4

A medida que se disipaba la humareda que quedó tras el terrible augurio de las bestias sagradas, los Avare empezaron a retirarse a sus aposentos. Si bien estaban demasiado preocupados por el aviso de los póras, se supone que en situaciones como éstas ellos deben de ser los únicos en saber acerca de las malas noticias. Despacio iban entrando a sus chozas a meditar acerca de lo que habían oído.

Pero si de oír hablamos, Pykasu y su hermano Itaete ya habían oído más que suficiente. Sabían mucho más de lo que les correspondía. Ni siquiera el cacique tenía conocimiento de lo que sucedió esa noche.

Enseguida Pykasu tuvo la necesidad de preguntar a su hermano algo: "Itaete, lo que pasó esta noche..." -dijo. "No es de nuestra incumbencia." -respondió cortante Itaete. Con una mirada aún algo confusa Pykasu siguió con sus cuestionamientos: "Pero hermano, ¿acaso no escuchaste lo que dijeron los póras?". Seguidamente respondió Itaete: "Claro que lo escuche, pero sabes que no sabemos de que estaban hablando. La forma en que hablan los dioses no es algo que nosotros entendamos."

Pykasu no estaba contenta con las palabras de su hermano, pero de todas maneras su agitada mente se tranquilizó por un momento. Un momento que únicamente bastó para que pueda acostarse en su hamaca para dormir, por que enseguida tuvo otra pregunta para Itaete, quien ya se encontraba listo como para descansar desde antes de ver el ritual.

"Kyvy, si eres un guerrero, ¿por qué no piensas hacer algo en contra del mal que se acerca?" -insistió Pykasu. "Simplemente por que no es un problema que nos concierne, reindy. Los Avares saben como solucionar esto por si mismos. Nunca nos han defraudado a la hora de invocar la bendición de Ñande Ru ante los Guaykuru." -dijo con seguridad y una sensación de fastidio Itaete. Como era de esperarse, Pykasu aún no lograba aclarar todas sus dudas: "Pero, ¿por qué reaccionaron de esa manera los animales del tótem? ¡Nunca había pasado algo así antes!" -dijo, a lo que su hermano respondió: "¡Por Tupã y todo el Yvága! ¡¿Crees que lo se todo?! Deja de hacerme preguntas que sabes que no puedo responder. Ya te dije que es asunto de los Avares. ¡Duérmete ya!" -dio como última respuesta el joven guerrero.

Pykasu seguía con dudas, pero no se atrevía a volver a molestar a su kyvy. Simplemente obedeció lo que le dijo: se dio la vuelta y trató de conciliar el sueño lo más rapido que pudo.

Esa noche pasaría para todos como cualquiera, incluso ahora debería de ser así para los hermanos. Lo cierto es que eso estaba lejos de ser solamente un asunto de los Avares, y mucho menos algo sin significado...

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24 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 3

De la tierra parecía emerger la esencia de Pasha Mama misma, envolviendo a la figura del Tatu. De a poco, las hendiduras en la madera fueron llenadas con lo que parecía ser el espíritu de todas las cosas vivas. En momentos, la colosal figura de un armadillo feroz había sido despertada.

Con un único aliento, el póra de Tatu recitó las primeras palabras de lo que más adelante sería conocido como "La Profecía de la Perdición": "Ni las rocas, ni la arena, ni el pasto verde que crece sobre mis espaldas va a escapar de la furia. La destrucción y el caos reinaran sobre estas tierras. La corrupción hundirá en las entrañas mismas del abismo las almas de aquellos que alguna vez llamaron iguales".

Habiendo dicho esto, las gemas de sus ojos se apagaron. Volvió a quedarse inmóvil, y regresó a la base del tótem por debajo de la tierra.

Segundos después, se escucharon los cantos de las Ka'ajarýi en el bosque. Con el viento suave de la noche llegaron las notas de sus voces. Sonidos que no parecían evocar nada bueno, pues parecían más bien un susurro, cosa que no era común en absoluto viniendo de las protectoras del bosque. Aún así, las notas esta vez fueron las que insuflaron vida en la figura de Mbói.

Como una rama que crecía de la madera seca, su bífida lengua emergió de la figura, y fue la que trajo las siguientes palabras de la Profecía: "La traición no será algo extraño entre los hombres de estas tierras. De la oscuridad llegarán los demonios y con ellos los hombres que los trajeron, pero nadie notará diferencia alguna entre estos y sus esbirros del inframundo, pues se habrán convertido en uno solo. Las almas de los mortales y las alimañas del averno serán solo una".

Con las primeras gotas de miedo empezando a sudar de las frentes de los Avare, Mbói volvió a enroscarse en su lugar. Metió su lengua de vuelta en la boca, boca que los Avare seguramente no querrán que se vuelva a abrir.

Enseguida, de las llamas de la hoguera empezaron a saltar chispas y más chispas. Pequeñas estrellas que formaron de a poco lo que parecía ser el pelaje de un zorro. El póra del Aguara despertó rojo como las ascuas de Pytajovái. Ni siquiera la furia del monte Lambare podía compararse con las llamaradas que envolvían al gran Aguara.

Como un rayo Aguara empezó a correr alrededor de los Avare, creando una jaula feroz. Un círculo de llamas rodeaba por completo el sitio del ritual. En un salto relampagueante, Aguara saltó a la foguera, y empezó a traer más malas noticias: "La Naturaleza no habrá de quedarse sin ser afectada. Como el fuego de la ira en los corazones de su gente, el fuego que se encuentra en lo profundo de la tierra surgirá al mundo a causar el gran cataclismo. El Gran Señor de los Pasos Ardientes será quien encabezará la marcha".

Al callar Aguará, instantáneamente un gran rayo cayó en el patio ceremonial y con su característica agilidad, se retiró apresuradamente corriendo por el camino de luz que dejó el relámpago. Una intensa lluvia siguió a este suceso, que apagó por completo la fogata.

Los Avare presintieron que esto fue una mala señal. Enseguida la desesperación se pudo hacer notar en sus ojos, aunque estos permanecieron en silencio. El ritual no debía ser interrumpito.

Cada gota de la lluvia machaba el piso, y la escoria de la hoguera parecía conmutar con el agua que caía del cielo. Una extraña mezcla de cenizas y líquido cubrió la estatua de Jaguarete. El gran jaguar había llegado.

Como los otros póras, también trajo sus propias palabras: "El Gran Señor de los Pasos Ardientes traerá a este mundo miseria. Miseria que será producto de la unión de los hombres y los demonios. Miseria que será el resultado de una profanación. Miseria que acabará con los que habitan este mundo. Siete días solamente serán necesarios para que todo lo que conozcan cambie de forma, para que los elementos entren en guerra con los hombres y los demonios. El Todo ordenará al Cazador de los Ríos, el Alto Amo de la Lluvia que limpie este mundo de corrupción. Que apague los fuegos de la guerra y que vuelva a dejar todo como se encontraba antes."

Aún más asustados quedaron los Avare luego de esta parte de la profecía. Pero no hubo tiempo para pensar en nada, pues al terminar Jaguarete sus palabras, un gran torbellino aterrizó sobre ellos, disipando todos los restos de cenizas que cubrían a la figura del jaguar. Hielo de las nubes cubrió al gran Taguato, y con una chispa de un rayo sus ojos empezaron a brillar. Estaba listo para hablar. Esta sería la última parte de la terrible predicción que los Dioses mandaban al pueblo:

"El temor en sus ojos se hace notar, sacerdotes, pero no debéis de tener miedo alguno, pues no todo esta perdido. Los espíritus solamente hemos venido a decirles que sucederá si no hacéis nada para evitarlo. Está en manos de vosotros cambiar esto. En vuestra aldea iniciará todo. Cuatro almas serán las que traigan paz al mundo. El orden de los elementos será traído por quien pueda blandir la fuerza del cosmos. La Ira de Fuego. El Paso del Viento. La Fuerza de la Tierra. El Poder del Agua. Todos serán necesarios para que esta tragedia no se cumpla. Al final la Madre del Éter será quien selle a las siete pestes con la ayuda de los elementos. Recordad, Sacerdotes Avare de Guajaivi".

Y como había llegado, también se retira. El viento se encarga de hacer ascender el espíritu del águila al firmamento una vez más.

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23 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 2

Al rededor de la fogata, los ancianos de la aldea convocaban a los póras guardianes. Las gemas que tenían por ojos los animales del tótem parecían arder con el mismo fervor del espíritu de sus pares vivos. Las llamas ascendían hasta chamuscar las hojas de tajy y hacer caer algunas flores, que dejaban una esencia única en el ambiente. Parecía ayudar a borrar la línea que separa este mundo con el otro.

A un costado de la ceremonia, en una pequeña choza, la jóven Pykasu permanecía escondida detrás de una tela que tenía como puerta. Miraba la manera en que los Avares realizaban su extraño ritual. Parecía estar asombrada de todas las palabras que hilaban para formar sus conjuros. Ni siquiera cuando visitaba la playa del Ypoa en la época de festivales había escuchado cánticos tan extraños de boca de los Chamanes de las islas.

La curiosidad era un aspecto innato de la personalidad de Pykasu, y para su conveniencia siempre era sigilosa. No había un asunto en la aldea del que ella no se enterase. Por fortuna esto simplemente era mera curiosidad, pues toda la información que adquiría de su improvisado espionaje era sólo para ella. No acostumbraba a comentar nada de lo que sabía.

No pasó mucho tiempo antes que una figura un poco más alta que ella apareciera cerca. Su hermano, Itaete, hizo presencia. Siempre cuidaba que Pykasu no se meta en apuros. Conocía la naturaleza suspicaz de su hermana, y tomaba las medidas necesarias para que esto no le resulte problemático.

El fuego del ritual reflejaba las sombras de los dos en las paredes de takuara de su precaria choza, subiendo hasta llegar a la paja deshilachada que tenían por techo. La figura de Itaete reflejaba el hombre fornido que era. Como un guerrero de la aldea, tenía bastante desarrollada la musculatura, al menos lo suficiente para poder valerse por la selva y enfrentar a los animales y guerreros enemigos que se encontraban allí. La sombra de sus cabellos largos y lacios danzaba cual llamas ceremoniales.

Como una extensión de la suya, la figura de Pykasu dibujaba una porción de tinieblas entre las luces del lugar. Era notable la diferencia entre ella y su hermano en cuanto a la estatura, pero lo compensaba con una belleza extraordinaria. Si bien no era notable en el trazo que dejaba en la oscuridad, durante el día atraía más de una mirada.

Luego de poco tiempo, ya no parecía haber sombra alguna en la pequeña aldea. Las llamas ascendieron alto hasta cubrir todo el tótem. Los póras estaban listos para acudir al llamado.

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Trataré de actualizar diaramente, espero y lo disfruten ;)

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22 de agosto de 2010

La tierra sin mal - La invasión de Guajaivi: Parte 1

En esta ocasión me gustaría presentar este pequeño proyecto de mi autoría. Es un conjunto de publicaciones en el blog que van a ir saliendo paulatinamente como capítulos de una historia. Ya habrán leído un pequeño trasfondo anteriormente acerca de esto, así que les invito a que sigan con la lectura de la historia.


Al suroeste de las tierras de Arigua, bajo la sombra de los árboles más altos se encuentra la Aldea de Guajaivi.

Desde que Kuarahy salía en las primeras horas del día a iniciar su cacería, los habitantes de Guajaivi trabajaban sin cesar. La mayoría de los aldeanos eran agricultores. Labraban la tierra con sus precarias herramientas para hacer crecer de ella el alimento para sus familas. Los avaré nunca dejaban pasar de largo los largos rituales para que Pasha Mama siempre les de su bendición. Como diosa de la tierra estaba a su cargo la manera en que las plantas crecían, así como también hacer que el suelo sea fértil y rico. Los pocos trabajadores que no se dedicaban a sembrar el suelo, salían al bosque a buscar frutos. Conocían bien los dominios de la selva, y los lugares donde crecían las frutas favoritas de su gente.

Además de los agricultores, también Guajaivi era conocida por sus valientes guerreros. Si bien la aldea mantenía un carácter pacífico, era la fuente de los más bravos combatientes para los ejércitos de Arigua. A diario los guerreros de Guayaibi entrenaban en un pequeño campo a las afueras del pueblo. Allí tenían diversos tipos de equipamiento que utilizaban para afinar sus habilidades de combate. Desde troncos puestos a modos de maniquíes, hasta trozos de carne atados por los ysypos atados por los árboles. Cualquier guerrero guaraní estaría contento de poder entrenar en ese lugar junto con los bravos de Guajaivi.

Al caer la noche, la única luz de una hoguera en el medio del patio ceremonial de la aldea iluminaba los techos de las chozas de paja, que como campos de avati brillaban ante las sombras del pyhare. Los avare ya se encontraban en ronda frente al gran tótem de los aspectos. Los animales guardianes de la aldea parecían cobrar vida en medio del ritual que ejecutaban los avaré. El la base estaba el fuerte Tatu, el armadillo, símbolo de la resistencia y la robustez. Enroscada sobre este se encontraba Mbói, la serpiente, representante de lo que no podemos ver, brindadora del sigilo. Justo en el medio se hallaba Aguara, el zorro, quien, creían ellos, podía cambiar de forma, y nunca ser percibido entre las personas. Aguara era especial, pues ellos lo consideraban como un vigilante eterno que envió Tupã. Le seguía en orden el fuerte Jaguarete, el jaguar dueño de la fuerza de los guerreros. En combate, éstos invocaban la fuerza de Jaguarete para que les de valor a la hora de enfrentar a sus enemigos. Sobre todos estos se encontraba siempre vigilante Taguato, el águila arpía. Taguato era la encarnación de la voluntad de Tupã, quien se encargaba de hacer cumplir sus deseos desde el yvága.

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Me gustaría tener una pequeña opinión acerca de esto antes de seguir. Quizás con eso ayuden a mejorar la calidad de la redacción y puedan disfrutar de una mejor historia. Gracias :)

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